Wednesday, October 29, 2008

En el silencio

-¡Yo soy dueño!
-No estoy tan seguro.

La procesión, como siempre, ardía por dentro. Con los ojos clavados contra el blanco de la pared, permanecía en una rigidez silenciosa y al borde de la explosión. Por dentro, como siempre. La imagen era casi inmaculada. Etérea, incluso. Esa mirada perdida, disuelta en la comodidad de las paredes, desnudaba pupilas explosivas. Pero nada, nada inmutaba a la rigidez infinita en la que estaba sumido. Sus brazos, también de piedra, abrazaban su torso inamovibles, lejos de estorbar su tétrica calma. Incluso la expresión del rostro lucía bastante calma; entre ida y muerta. La sangre inyectada en los ojos era lo único que daba indicios de vida. La ira contenida en los ojos casi se proyectaba sobre el blanco de esas paredes. En el silencio, en medio de la sala blanca, dentro de la rigidez, encerrado en lo más profundo de su nada, se daba, sangrienta, la procesión.

-Yo soy dueño. Esto me pertenece. Esto es mío. Yo reino, nadie más.
Una voz llenaba la oscuridad.
-No estoy tan seguro. ¿Estás seguro? Pensalo de vuelta. Mirá. Levanta la cabeza... Bah, si podés.
Se percibió una risa inexistente. La desesperación en carne se hizo presente.
-Es mío. Soy yo, todo lo que pasa tiene que pasar por mí primero. ¡Afuera!
Gritaba, saltaba, golpeaba las paredes, los límites, empujaba y se retorcía en el suelo. La voz parecía hacer caso omiso.
-Por supuesto. Todo es tuyo. El control está en tus manos. Use el esa libertad cuando quiera.
-¡No, por que estás ahí, susurrando, clavándote en el fondo de mi mente! ¡Siempre, nunca, a veces, todo el día! ¡A todas horas, en cualquier momento y todos! No desaparecés nunca... no tengo un segundo de silencio en la cabeza, mis ojos nunca dejan de moverse... la paz ya no me reconoce. ¡Gritos, gritos y golpes, lágrimas, miedo palabras escupidas, y seguís ahí! ¡Atormentándome!La voz silenció. Dejó que el grito de odio saliera hasta el cansancio.
-¿Cómo, no era suyo todo esto? Si usted lo dice. Debe ser tuyo, si insistís tanto. Admito que quizás pico un poco en la nuca. Pero no sé por qué el ataque.
-Sos un puñal en el cerebro, una astilla en medio de los ojos... -cerraba los puños mirando en todas direcciones a su alrededor, lagrimeando desesperado, jadeando sin consuelo- sos un tic constante, una mala costumbre, un ladrillo más... en el peor lugar. Yo soy dueño, el poder es mío. Está en mis manos, es mía, ¡¿Dónde estás?!

Guiñó un ojo y revoleó violentamente la cabeza. Casi cae de la silla, pero su cuerpo seguía lo suficientemente rígido.

-Dá la cara. Sé hombre.
Una sombra tomó forma. Desde los pies hasta los hombros, asomó la boca justo antes que la nariz y los ojos vieron la luz. La voz era exactamente igual a él. De cuerpo entero. Tenía los ojos negros, negros como el odio.
-Mirá quién habla de ser hombre. Mocoso.
Se miró, y de pronto tenía no más de 8 años. Su figura disminuída, la cara de infante y sus rasgos a esa edad aparecían frente a la voz, ahora con rostro.
-Acá estoy. ¿Qué ibas a hacer? Realmente quiero ver que ibas a hacer. Defendete. ¿Qué esperás? ¿Esperás algo? ¿Esperás reaccionar? Quisiera verte reaccionando. Pero no... siempre inmóvil, el nene.
Duro, totalmente inmóvil, sin moverse, no podía sacarle los ojos de encima. No podía apartar la mirada de aversión, una aversión temerosa, de sus ojos negros. Cada vez más negros.
-Me pareció.
Dijo, y se disolvió en una sombra de vuelta.

Un hilo de saliva asomó de la comisura de sus labios. Apenas movió los labios para secarla, con los brazos inmóviles todavía y los ojos en las paredes.

-¿Qué pasó? ¿Que hiciste?
Habló con un temblor inédito en la voz. Un miedo como el que pocas veces sufrió. Respondió la voz.
-Nada. Sólo te mostré lo que pasa cuando muestro la cara, como pediste. ¿Que hiciste? Nada. Y sabía que nada ibas a hacer. Pero todo esto es tuyo, te pertenece, como decías.
-Es mío... sabés que es así. -Tembloroso, todavía en en estado de shock, apenas podía mascullar las palabras
-Perfecto. Tomá el control, si es tuyo. Hasta entonces -una sombra lo rodea tres veces y se posa en su nuca suavemente. Clava el suspiro sobre el lóbulo-, nos vemos.

Aflojó el cuerpo y la rigidez empezó a desaparecer de a poco. Los ojos ahora brillaban de cansancio, húmedos como las mejillas. La cabeza cayó hacia adelante sin resistencia, al ritmo de una respiración agitada. Volvió a abrir los ojos y respiró profundo, todo con tiempo. Lentamente. Sacudió la cabeza unas cuantas veces y volvió a clavar los ojos en el blanco de las paredes, sabiendo que al dia siguiente, la procesión iría por dentro una vez más.

Thursday, May 15, 2008

El zaguero que fue a menos

Lo encaró el centreforward, la llevó para acá y para allá, dibujó una gambeta y al tipo no le quedó otra que salirle. Y ahí, el zaguero dudó.

Pasa que pocas veces se juega una final. Son pocos los que quedan a tan pocos pasos de saborear la ambrosía de la victora, la inmortalidad que otorga la gloria y el peso del oro en el cuello, o la amargura de la derrota, que regala vergüenza y olvido eterno a quien tristemente termine encontrándola. Pasa que el tipo era así, un todo a o nada. Por algo era zaguero; le gustaba la idea de ser el último guardián del abismo. Le gustaba jugar a saber que él era el único que no podía retroceder nunca, rendirse jamás. Equivocarse, ni en sueños. Ése era el problema; era un todo o nada. Se crió entre Copas del Mundo y cracks inapelables. Le decían que si Pelé o Maradona, y él, con el alma celeste y el corazón blanco, decía que fútbol. Era uno de esos que –por suerte- no encontrabran el chiste de picar un caucho naranja o pegarle a pegarle a una bolita con una palito. Él creía, como muchos de nosotros, que el de los pies es el juego perfecto. Sostenía que Dios era de Racing porque el Diablo había nacido del lado equivocado de Avellaneda. Era… era un apasionado; sufría con cada patada animal e infrahumana de esas que los infames Destructores del Arte, Ares del deporte que escaparon de los agujeros más profundos del limbo, suelen aplicar a diario la musa de gajos, esa que es negra como la incertidumbre y blanca como la pureza y que lleva adelante los embistes de los más nobles Inspiradores del Juego. Sabía deleitarse ante un caño oportuno o una rabona imposible y clamaba venganza ante cada 10 ajusticiado sin fe por detrás. Escuchaba a la pelota gritar de felicidad cada vez que se amaba con la red; se le desgarraban los oídos con el metálico sonido de un larguero que chocaba con ella por estar donde no debía… la veía brillar radiante de orgullo bajo la suela de algún serafín en cortos de los que sobran en nuestro suelo.

Pero el destino, tan viejo como imprevisible, quiso que fuera central. Zaguero central. Él, justo él, que vivió la fuga de Diego hacia el arco británico en tierra azteca como el nacimiento de un nuevo mesías. Él, que en el momento cumbre de carrera, veía sonriendo como nunca a su amor imposible mientras se acercaba en pie enemigo. Pensando quizás justamente en ese momento, el destino decidió que él fuera zaguero central, y que Ella lo enfrentara más radiante que nunca. Se enfrentaba a un artista genial y al amor de su vida en carrera a la gloria eterna, todo al mismo tiempo, en lo que tenía todas las fichas de terminar siendo un crimen de lesa deportividad con él como traidor a la causa. Fue entonces cuando se dio cuenta que no podía hacerlo. Sencillamente, no le podía hacer eso; no a ella, no al fútbol.

Lo encaró el centreforward, el legendario Joao, La Pantera Joao, un negro con cintura de garota y mil batallas encima, que había recogido el rebote en su propio área tras un corner mal pateado y acababa de limpiar a cuatro tipos a puro enganche, gambeta y good show. Dibujó Da Vinci y entonó Gardel en su camino, engañó a mediocampistas como piratas a mercaderes. Iba reinventando la belleza a su paso, con movimientos geniales que se transformaban en lágrimas de un relator de la radio local –o quizás visitante- que ya modelaba el potencial gol como lo mejor que dejó el fútbol en su historia (Aunque sabemos cómo trabaja el exitismo en la mente de un periodista del deporte).
La cosa es que, parado sobre el punto del penal, el zaguero enamorado la sentía reir como nunca. Y eso que la vio reir más de una vez. Incluso él mismo dibujaba el gol en su cabeza, el cual de sólo concebir mentalmente ya causaba arrojarse sobre el rival en un festejo alocado y único. Pero no, no podía; pocas veces se juega una final, no sabía si iba a volver a estar tan cerca de la gloria. Quedaban poco más de seis –o quizás siete- minutos, y la temprana expulsión del back izquierdo, a manos de un referee tan socarrón como localista, hacían del empate una hazaña difícil de sostener. El negro lo había bailado al cuatro a puro caño y enfilaba hacia él, bandera en alto. Ya se imaginaba la vuelta olímpica, la corona en la cabeza y el boleto al Olimpo, en lo que era un retiro perfecto. Al zaguero sólo se le cruzaba por la cabeza la imagen fantástica de ese gol inmaculado, la expresión del fútbol en su estado más puro.
El centreforward pisó el área; era ahora o nunca. Él no compraba la gambeta, no: la decisión era suya. Barrer, cortar y salir jugando como un caudillo, o rendirse por el bien del octavo arte y guardarse un eventual hachazo. La procesión, ruidosa y revolucionaria, iba bien por dentro: ¡El corazón delator no hubiera podido gritar más fuerte! La voz de su musa, blanca como el alma de los enamorados y negra como la traición inesperada, gritaba como nunca, rogándole con los ojos –porque el tipo juró que tenía ojos- algo de clemencia, pidiéndole permiso para entrar en la historia, que engañara al deber con el placer. Y él… él otra cosa no podía hacer. Al fin y al cabo, jugaba al fútbol desde pibe y lo quería desde que tenía memoria, como a mamá. Él mismo se reconoció que gritar un gol así hubiese sido el mejor de los orgasmos. El amor o la gloria… cuántos habrán sucumbido eligiendo.

Joao encaró, como nunca, con la seguridad de quien han visto la victoria de cerca; el zaguero le salió corriendo, duro, certero, con la resignación de quien va a comenter un crimen horrible y lo sabe. El centreforward la llevó de pie a pie con certera destreza y ensayó la gambeta hasta quedar de cara al él; y él, el zaguero enamorado, vástago del balompié, sonrió por dentro y sin dudarlo, se pisó los cordones del botín izquierdo para caer lentamente de boca al césped, en la más grande y tácita declaración de amor jamás habida, al mismo tiempo que Joao salía disparado en un grito de mil voces hacia la inmortalidad que ofrece la gloria.


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Thursday, April 24, 2008

A las dos en lo del Gordo

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-Yo tengo cincuenta centavos. Y el resto no, porque es de mi vieja.
-Qué rata de mierda... tomá, yo pongo un peso. Roñoso. ¡Che, vengan a poner para tomar!

La Tango cuarteada se queda descansando abajo de una ventanita de chapa pintada, abollada a pleno. Se juntan los seis al lado del kiosco a juntar monedas y ver a dónde llegan con eso. Llevan tierra hasta en las medias, apestan a haber estado corriendo con 30º de térmica y las gargantas no les aguantan más el seco. Alejandro arranca a las puteadas.

-Todos lo viernes lo mismo. Venimos hasta acá, nos cagamos de calor tres horas y encima ninguno tiene un peso encima. Estoy harto de esa Robot Cola de mierda. Yo, otra vez cola, no tomo.
-¡No, compremos esa pomelo de dos litros de vuelta, que sale la mitad, y que es una mierda! Boludo, media botella de eso termina en la vereda. No jodas. –Fede, aportando, se ata los cordones a un costado.
Mientras, Edu está en otra, boludeando con pelota. Ale se lo hace sentir.
-¡Negro, vení a poner!
-¡Yo no tengo! -se lo siente, desde la otra punta.
-Puto, semejante casa, Play y no trae veinte centavos. –Grita- ¡ROÑOSO!
-¡No me hinches las pelotas! –Contesta Edu, pragmático y educado. Ale sigue con la colecta; entre los seis no hacen tres pesos. Se acerca a Aníbal, que perdió las llaves y todavía no se dio cuenta.
-Ani, ¿Qué tenés?
-Aguantá… -Aníbal se saca el Puma azul y amarillo derecho, lo sacude sobre su mano izquierda, y sólo cae un poco de pasto y una piedra- Puta que te parió, con razón me dolía… No sé, tenía un par de monedas acá, pero no están…
-¿En el botín te las guardas, pelotudo? Se te cayeron… Venís a jugar al fútbol, ¿y en las medias te guardás la guita, chabón? No te da un carajo la cabeza.
-¡Puta que te parió, las llaves! -grita, se agarra la cabeza y amaga a disparar para el parque- Andá saber dónde cayeron…
-Te pasa por boludo. Fede, ¿tenés?
Fede se seca la cara con la de Francia del 98, la del mundial. Lo mira.
-Te acabo de dar ochenta centavos, no me jodas.
-Dale boludo, tenés en la mano como cuarenta más.
Ale le relojea la mano, y las monedas brillan entre los dedos.
-¡Te di ochenta centavos, boludo! Rompele las bolas al judío éste para que saque una él de la casa.

A unos metros, ya eran tres los que se habían abierto de la colecta, y pateaban por turnos la Tango contra la chapa. Andrés, acomodándose para entrarle y haciendose el boludo, alargó el comentario hacia quien correspondía.

-Posta, eh… no te cuesta nada bajar un botellita de casa.
Tomó carrera y le pegó; metro y medio lejos.
-¡Uh, loco, siempre lo mismo! –Mario lo miró para el culo- No puedo, las Cocas no son mías: no las puedo sacar de ahí… Y en vez de romperme las pelotas con eso, calentate en no tirarla a la mierda.
-¿Eh, pará, te vino…? ¡Poné para comprar algo si no vas a afanarte una Coca de tu casa al menos! Y andá a meterla de ahí, gil.

El pelotazo de Andrés pegó en el borde la ventana de al lado de la chapa, salió para la calle y cayó cerca del cordón, casi perpendicular a la chapa. Por la esquina, desde el parque, llegaba Aníbal a las puteadas porque no sabía como iba a hacer para entrar a su casa.

-Comé, puto –Mario la miró, tomó carrera, calculó distancia y le pegó con comba desde el cordón. La pelota, con altura, ni tocó la pared del edificio. Pegó en la pared de al lado y salió para donde estaba él, frenándose con un tronco que había suelto en el suelo. Edu se levantó y la fue a buscar.
-Negro culo roto, mirá dónde te quedó…
Edu le guiñó el ojo y le levantó el pulgar desde la loma de cemento en la que estaba sentado.
-Gracias, papá; vení, aprendé cómo se hace.
Carrera corta, las piernas largas acomodadas atrás de la pelota, la Topper suplente blanca del Rojo sucia de tierra, y Edu que calza la Tango desinflada con toda la cara interna del botín derecho para que el chanfle sea exacto, y el destino, infalible. Ruido de metal, y la va a buscar para pegarle de vuelta.
-¡Así se le pega, papá!

Fede se acerca con Ale y una Enter Cola a los demás. Edu caza el balón con la zurda, y el chapazo suena otra vez. Alrededor de la botella, todos empiezan a gritar apurados el orden en el que pretenden tomar, mientras Andrés sale corriendo, arranca la botella de los brazos de Ale, vuela la tapita y empieza a tomar desesperado.
-¡Gordo, la puta que te parió, pará! ¡Dije pri!
-Qué gordo de mierda. –Aníbal ignora la gaseosa y encara para la pelota- Yo eso no me lo tomo; parece petróleo.
-Tiene gusto a mierda, así que petróleo no es –dice divertido Andrés, una vez que pueden sacarle la botella.
-Pasá, que tengo un pollo en la garganta que no me pasa –Fede la agarra.
-Los barquitos del final te los tomás vos, eh.
-Ni en pedo –traga- yo tomo para pasar el garzo nomás. Che, ¿cuándo me toca pegarle?
-Eh… Dá, pegale vos. –Aníbal, perfilado para tirarla al carajo, se corre y lo deja. Fede la mira, se acomoda el flequillo semi rubio, le entra de puntín y hunde la chapa.
-¡Ahí tenés amigo, no le pego másss! –Canta, con un gesto de satisfacción. El rebote salió para atrás y a Aníbal le toca pegarle casi desde el toldo del kiosco. Se acomoda como puede, y rel tiro apenas pega en el borde del marco de la chapa y deja la pelota muerta abajo.
-Yo voy –dice Ale, que corriendo se acerca al grito “¡El Betoooo!” y la tira dos metros para arriba, casi colgándola.
-¡Dale chabón, cuélguenme ésta como hicieron con la Tricolor, que no sé ni dónde está! –Andrés corre a buscarla antes que caiga al piso y Ale se la tire lejos a propósito, por llorón.

Una vez que Andrés embargó la pelota, la tarde quedó terminada. Arrancaron para el lado de iglesia, yéndose del parque cuando el sol empezaba a caer. Aníbal puteando porque no encontró las llaves, Edu y Fede jodiendo a Mario por los litros de gaseosa que tenía secuestradas en la casa, Ale pateando la pelota una cuadra para adelante, y Andrés corriéndola de atrás a las puteadas. Se fueron separando; uno ahí nomás, después de la iglesia, otro por Tamborini, otro en Congreso, otro en la plaza q esta a media cuadra. Dos quedan pateando para el mismo lugar.

-¿Che, Fede, que hacés vos el año que viene?
-Industrial… ahí, cerca de casa.
-Joya… yo creo que voy a la vuelta de casa también, pero no sé –Aníbal miró para arriba. Una ráfaga de viento congeló un poco el aire.- ¿Dónde iremos a terminar?
-¿Eh? ¿Cómo terminar? –Fede lo miró raro.
-Cuando termine esto… No sé, boludo, digo si seguiremos haciendo estas cosas, o cómo será la vida, o qué. No sé, eso.
-Va a ser un quilombo, seguro… Qué se yo… muy distinto a esto no creo que sea, pero ya veo que entre que uno se pone de novio, otro arranca a laburar, otro desaparece, otro en la joda y todo eso, no sé, ya me parece que se va complicar todo más.
-Se… pero a mí me gusta esta tranquilidad. Parque, fin de semana, rascarnos un poco las pelotas y festejar goles tirándome de paloma en un charco bajo la lluvia –Fede se ríe, acordándose.
-O rompiéndole las bolas al vecino del Gordo con la pelota en la vereda, je
-Quedarnos pateando penales hasta la noche en la puerta de la casa de tu abuela…
-Callate que ya me cagó a pedos, boludo… -risas- ¡Escapándonos entre los árboles que se caen, como esa vez que esa tormeta casi nos hace mierda ahí cerca de casa!
Aníbal se ríe, los dos se acuerdan y siguen un par de cuadras más. Hace algo más de frío y ya falta poco para llegar a casa.
-Pinta que entre laburos, libros, minas y joda se va a ir acelerando todo.
-Y… debe ser lindo igual estar de novio, quedarte hasta las ocho de la mañana con un fernet o comprarte lo que querés…
-Sí, pero esta tranquilidad… amigos y futebol…
-Sí, posta… pero qué se yo. Bué, Ani, yo agarro por acá… ¿El viernes a las dos en lo del Gordo, como siempre?
-Dale… A las dos, en lo del Gordo. Como siempre.

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Sunday, March 23, 2008

La ecuación

-Abra los ojos.

El peso de las ideas era enormemente más significante que el de la voluntad. Difícilmente hubiera podido esgrimir explicación alguna, aún si su propia vida dependiera de ello.
La sucesión de imágenes, eterna, traían uno tras otro una cantidad infinita de valores que alimentaban la ecuación, pero que no parecían despejar duda alguna. Todo estaba estrictamente separado a cada lado del planteo. Todo tenía un lugar en la significación, aunque resultaba prácticamente imposible exprimir la importancia propia en individual de cada término.

-No puedo. No sé que variable pretende que encuentre aquí.
-La única variable que hay en toda la ecuación. La sola e inequívoca fracción que, descifrada, encastrará a la perfección a las demás -explicó el Profesor-. El único valor que le es útil de los centenares que tiene frente a sus ojos.

El peso de esas ideas era abrumador. Distinguir la variable era, por sobre todas las cosas, el objetivo único y final. Posiblemente, hasta la única razón de ser de la ecuación en sí.

-Recuerde -señaló, pacientemente, el Profesor-, el Resultado es igual a la suma de las potencias de su claridad y su voluntad.
-¿A cual potencia?
-A la cual usted crea necesaria -sonrió.

El Estudiante seguía sin ubicarse en la habitación. De hecho, sabía que su sola presencia ahí se debía a una necesidad mística totalmente inevitable que inapelable, que requería que quien sudara como un cerdo en ese preciso lugar, en ese preciso momento, no fuera nadie más que él. La humedad se arrastraba por entre los bordes de los azulejos de las paredes del Aula, en su paso avasallante hacia los suelos. La madera podrida y casi deshecha que tapiaba el piso apenas parecía separarlo del mismísimo Averno. Y una sola luz que colgaba desde las entrañas de un cielo raso negro y crítptico era la única posibilidad de ubicarse en su propio presente. Poco alentador, si se me permite.

Cientos de términos, paréntesis, corchetes y números Pi se sucedían frente a sus ojos. Nada parecía tener sentido; el Estudiante llegó a suponer que era una cantidad azarosa de logaritmos ubicados en la misma geografía matemática.

-No hay nada. Acá no hay nada. Conozco todas y cada de una de estas operaciones, son ridículamente conocidas. Por Dios, si hasta yo mismo hubiera podido diseñar este ejercicio -se sobresaltó el Estudiante-; ¡Pero no pretenda que encuentre equilibrio alguno entre las partes si la variable, obviamente, no es un ente calculable! ¡No hay variable alguna en esta maldita ecuación, y aún así la operación sigue sin tener sentido! ¿De qué se trata todo esto?
-De que abra los ojos -volvió a señalar el Profesor-. ¿No le resultan familiar, acaso, los términos de su ecuación?
-Por supuesto, si le acabo de decir que es como si yo los hubiera diseñado -replicó, lacónico.
-Exactamente. Usted reconoce todos esos términos, entiende a la perfección su desarrollo y dice conocer la manera precisa de calcularlos, pues son de harto conocimiento, y hasta me atrevo a decir de previa resolución por su persona. Y sin embargo, sigue sin poder calcular el Resultado... Es, cuando menos, interesante. ¿No cree?

El lápiz resbalaba entre el sudor de los dedos del Estudiante, mientras repasaba mentalmente una y otra vez esos ejercicios en todas sus formas posibles. El Profesor tenía razón; algo seguía faltando. Tenía que haber algún tipo de variable a calcular que hiciera la luz entre los números.

-Creo que es hora que hablemos -El Profesor tomó una silla y se ubicó exactamente delante de él. Tomó los anteojos que colgaban del bolsillo derecho de su bata blanca, los limpió cuidadosamente con la misma y se dispuso a hablar al Estudiante, mientras lo miraba a los ojos, con la más impávida paciencia-. Usted sabe que hay una variable. Usted sabe, también, que sin ella es imposible que resuelva la maldita incógnita que lo tiene encerrado entre estas cuatro paredes. Tampoco tiene idea de cuál es esa variable. Pero lo peor de todo es que no tiene la más mínima idea de cómo averiguarla.
-El Resultado es la suma de las potencias de la claridad y la voluntad -repitió, automaticamente, el Estudiante.

El Profesor le clavó la mirada.

-Usted no tiene idea del resultado, está mas bien lejos de la claridad y, ciertamente, sólo dispone de lo potente de su voluntad. Pero no alcanza; necesita del perfecto equilibrio de ambas partes. Mire bien; abra los ojos.
-¡Los tengo abiertos, ¿no queda claro?!
-Sí. Pero no está observando; los ojos abiertos sirven sólo para observar. Si con los ojos abiertos no es capaz de ver, los mismos no tienen sentido alguno. Los ciegos tienen los ojos abiertos, y sin embargo no pueden ver. Necesito que vea, que observe; ¿Qué hay, que sobra, que falta, qué desequilibra la ecuación? ¿Dónde está el desnivel que conduce a la respuesta? Abra los ojos; deje de calcular. Pensar ya no va a servirle.
-Hace tiempo que no me sirve -interrumpe.

La operación aún yacía frente a sus ojos, frente a su brillante ceguera, totalmente huérfana de sentido. Todo encajaría perfecto de no ser por esa variable escondida. Los lados del ejericicio alcanzaban el más exacto equilibrio, si de lo que el Estudiante podía calcular se hablaba. Era claro ya que la imposibilidad de encontrar la variable era el primer ejercicio a resolver. Lejos estaba de llegar al Resultado, por más cerca que lo arañara con el resto de los datos matemáticos que poseía.

-El tiempo se acaba -pudo llegar a avisar el Profesor-. Recuerde que usted debe alcanzar la Respuesta.

Granos de arena caían y retumbaban en toda la existencia del Estudiante. Cada segundo se llevaba un momento de lucidez, y otro, y otro más. El tiempo se escurría, y la variable desaparecía entre la arena que consumía los últimos instantes.
-Siempre cerré mis operaciones. Nunca, jamás, dejé de encontrar una variable. Siempre aparecían, brillando, en medio de mis ecuaciones. Siempre terminaba alcanzo el final de mis Ejercicios.
-¿Está seguro de eso? -inquirió el Profesor, con una mirada helada.
-Todas mis ecuaciones me dejaron un Resultado.
-No confunda Resultado con Respuesta, amigo mío. Créame que se equivocaría.

El Profesor golpeó el reloj de arena suavemente con un dedo. Treinta segundos de granito comenzaron su vertiginoso descenso hacia el fin. La variable no aparecía. Los términos perdían sentido y los paréntesis se cerraban. La luz por encima de sus cabezas titilaba y el Aula parecía achicarse cada vez más, mientras la desorbitada mirada del Estudiante se cernía sobre esa hoja infernal, a la vez que las venas de sus manos tensas latían a un ritmo sobrehumano. La desesperación se hacía sudor frío en su espalda; ya no había chance alguna.

-Tiempo. Parece que va a necesitar esta vuelta de reloj. Abra los ojos, y luego observe. Créame que es todo lo que necesita.
-No veo -gimió el Estudiante- no puedo ver nada más de lo que aparece en esta hoja. No encuentro nada que no esté claramente explayado en la ecuación. Toda mi voluntad está en ello; nada aparece frente a mis ojos.
-Y no va a aparecer tampoco. Tiene que verlo usted; tiene que encontrarlo y luego darle forma. Tiene que entender la variable, descifrarla; tiene que entender cómo encaja en toda la ecuación. Deje de insultar a los Cielos por su infortunio; nadie sino usted es que tiene la ambrosía frente a los ojos y no es capaz de verla -Recogió sus cosas y se dirigió con un aire crudo y frío alrededor hacia la puerta-. Y si fuera usted, volvería a empezar a buscarla. El reloj está contando de vuelta.
Cada vez tiene menos tiempo.

El Estudiante levantó la vista una vez más.
-Profesor... ¿Cree usted que vaya a poder calcular el Resultado?

El Profesor no sacó la vista de la puerta.

-No lo sé, y realmente eso espero. Pero recuerde, hombre, no confunda Resultado con Respuesta... créame que se equivocaría.


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Friday, January 18, 2008

Kissing Lana

-Words? Why would you want words?

-Why? For a lot of reasons, you know... to describe the entire feeling, just for that. To shape the emotion in a way you could understand it with a blink of an eye... you have no idea how amazing this is to me. I have wings again. I swear I can fly again. It's- it's just incredible. I don't know, I couldn't really tell... the rain feels different; have you ever felt that smell of wet grass that comes with the rain, just a few moments before it rains? Well, it comes with your scent now. That's the scent of you to me. There are your eyes in the shine of the stars... it's your breath in the wind. It's you in everything that surrounds me. In fact, it's a different me when I think of you, and I think you can see that -giggling-. It's an emotion that tells me I'm gonna live forever like this. I don't know if you get it... I don't think so. It's like I feel your breath in my ears everytime it's dark. I mean; it's simply feeling like it's not just me, like there's something else in me when I place myself in the universe. I'm trying to show you what that is; it's what you do to me, I guess... but well, that's why I need words, to explain you this.

-I see... And couldn't you just kiss me?

Tuesday, December 25, 2007

Luz de diciembre

Otro encuentro más, quizás el último.

Siempre era de noche en el País Vacío. Normalmente hacía frío, y a veces los ángeles pasaban sólo para ver qué quedaba en pie. O mejor, si algo quedaba en pie. La superficie helada de los campos eternos que se extendían a través de todo el País, en la noche, solía llenarse de dientes de león. Dientes de león que nacían bajo una escarcha impiadosa, permanecían intactos con el brillo de la luna sobre la piel de hielo que los vestía, y morían de nuevo cada mañana, bajo las sombras de una luna que descartaba desaparecer.

O quizás no.

La única calle del País Vacío se extendía cerca del horizonte. Él seguía ahí, como siempre. Como cuando pasó por el Infierno, como cuando el Tenebroso le abrió los ojos, como cuando conoció a la Mentira. Como cuando su ángel abandonó sus alas sólo por él. Igual que cuando vendió el alma por algo que ya iba a tener, y no lo sabía. Ahí, en esa calle, era solamente él. Sus pies eran cementerios de dientes de león; sus manos sentían el frío inconfundible del País. Porque en ningún otro lado de la existencia se siente un frío similar; congela el alma y quema el corazón. Sus manos sentían ese frío, y cada brisa traía a la memoria que las cenizas de su alma continuaban ahí.

Bien podría decirse que, visto de lejos, él estaba muerto. Sus ojos en estado inerte y el gris de sus pupilas no revelaban vida alguna. Sólo se adivinaba algún latido en las lágrimas que rodaban por sus mejillas, hijas de la gravedad. El recuerdo de su ángel, de la mujer que creyó buscar y de las palabras que ya no eran golpeaba en la cabeza y se proyectaban otra vez en lo crudo de su mirada.

En el silencio de esa noche eterna, sobre pisadas que trituraban hielo eterno, quizás se acercó un hombre. Otra vez más, posiblemente, se acercaba alguien. Un último encuentro era factible.

Arrancó la eternidad de sus ojos cuando lo percibió. Volvía a humedecerse los labios. El hombre, arrastrando dientes de león bajo las suelas, clavó los ojos en el horizonte y le posó una mano en el hombro. El gris de sus pupilas se acercaba a un color mortal otra vez. Quizás entonó una frase.

-Soy a quien buscabas -escupió, sin preámbulos, el hombre. Soy el Hombre Necesario.
Apenas si movió los ojos para verlo, y para contestarle. Era exactamente igual a él.
-Usted es igual a mí -contesto, agudo.
-Nadie es tan parecido a usted como distinto a mí. Nadie es tan distinto a usted como similar al mundo, y nadie es tan idéntico a mí como yo mismo, o como quizás usted. Como ve, no somos ni remotamente parecidos.
Quedó claramente aturdido por la frase, carente al parecer de sentido alguno. La luna estaba incandescente. El hielo de sus pies se movía, casi como bailando.
-Muchos hombres como usted vinieron a decirme cosas similares y engorrosas. Mil veces creí hablar con el Diablo, cien veces pensé vender el alma. Siempre creí que iba a algún lado y que me acercaba a la Mentira, cuando jamás la tuve cerca.
-Por lo tanto, era Mentira que estaba cerca de ella, lo cual lo hace totalmente verdad.
-Hombre, basta de códigos y vueltas. ¿Qué busca?

El viento cesó. Los dientes de león empezaban a morir, como todos los días, bajo la luz helada de la luna del País Vacío. El Hombre Necesario se sentó sobre el hielo, sobre la única calle del País, de cara al horizonte. Miró unos segundos al cielo índigo que reinaba la noche, y respondió.
-Busco encontrarte. Supe que me buscabas, y quería que nos pudiéramos encontrar. Encontré que buscándote podría llegar a buscar un encuentro entre ambos. Supe que encontraste muchas imágenes y musas que no buscaste, sólo por buscarme a mí. Entonces decidí encontrarte. Yo, de todas las personas y todos los demonios y ángeles que han aparecido a lo largo del camino, soy el único que buscabas.

Los dientes de león a su alrededor cambiaron de piel, dejando la escarcha implacable rendida en los suelos. Él, siempre sobre la calle, abrió más los ojos y miró a través de todo el País. Sintió, en un segundo certero, que ese día iba a haber un final. Resolvió sentarse de frente al Hombre Necesario; de espaldas a un horizonte congelado como un espejo de hielo.

La brisa acarició sus manos otra vez, quizás para recordarle que en ese lugar el cambio no es una opción. Una lágrima se congeló y cayó.
-¿Entonces? ¿Cuál es el camino? ¿Cuál es la respuesta? ¿Hay un camino, y una respuesta? Vine a este lugar de la existencia, y es aquí donde me quedé. Es aquí de donde no puedo salir, porque esa luna nunca muere y porque desde ese horizonte nunca asoma un día nuevo. Porque estas flores malditas que nacen a mis pies están tan muertas y congeladas como yo en este infierno. Porque no hay, al final, un lugar al que tengo que llegar ni una persona a quien encontrar. Porque hubo infierno, diablo, mujer, mentira, demonio y ángel que pasaron y que nunca dejaron más que la sensación de que eran una misma persona, o peor aún, un mismo sentimiento.

El Hombre necesario escuchaba atentamente. Sólo se sentía la respiración agitada de un corazón que volvía a sentir, aunque crudamente, un impulso de vida. Jugaba con un diente de león entre sus dedos mientras prestaba atención la confesión final del hombre con quien estaba.
-Exacto -respondió el Hombre Necesario. No hay final alguno. No hay meta, y menos aún hay respuesta alguna que abra tus ojos del todo.
El corazón le dio un vuelco. El Hombre Necesario siguió.
-Pero, ¿pensaste en algún momento que quizás no tengas destino alguno? ¿Que posiblemente no tengas pregunta que responder? ¿No te diste cuenta aún que de todas tus conjeturas, encuentros y preguntas mudas, tu única certeza es el camino que hiciste, y el lugar donde estás parado?
-Sí, pero no hay punto en eso... viste hasta aquí, armé este camino, y me quedé sin ángel ni mujer que creí buscar.
-Claro. Es exactamente lo que tenía que pasar. Claramente no hubo nada de eso desde el principio. Esta luna no tenía por qué morir, y el horizonte nunca iba a cambiar. Pero ahora, en este preciso momento, en este exacto encuentro y en este mismo País Vacío, estás en el lugar donde tenías que estar desde el comienzo. Donde ya no valen demonios, hombres ni ángeles. No hay Mentiras que tengan importancia. Ahora que hiciste el camino, acabas de encontrar lo que buscabas.

El silencio en el País Vacío fue eterno. No hubo lágrima congelada.
-No entiendo...
-Entendés. Es exactamente lo que entendiste. Están por empezar a nacer los dientes de león otra vez. O quizás se la última vez que lo hagan.

Alrededor del Hombre Necesario, se erguían al igual que todas las noches los dientes de león bajo la capa de hielo de la única calle del País.
Entonces, de frente al él, entre todos los dientes de león helados, asomó un girasol. Fresco y sin piel fría alguna.
Abrió los ojos, desencajado, como creyendo ver una ilusión. La cara del Hombre Necesario se iluminó.
-El horizonte ya no es el mismo.
Se iluminó en partes todo frente a él. Con el horizonte a sus espaldas, las sombras iban reduciéndose a cenizas. Entonces, el girasol apuntó hacia él y sus espaldas.
-Ya no hay luna. -El Hombre Necesario sonrió, se puso de pie y miró hacia el frente. Él lo siguió con la vista, y vio los rayos por todo el País Vacío. Se dio cuenta entonces, y miró a sus espaldas.
-Es... ¿Es eso el sol?

Tartamudeó, atónito, entregado, totalmente absorto. Un sol rojo furioso, colorado y cálido quebraba la noche del País y brotaba girasoles bajo cada diente de león. El Hombre Necesario habló una última vez.

-No. Es lo que estabas buscando.

Wednesday, December 12, 2007

Silencio sostenido

El silencio desgarra. El silencio quema, quema tan rápido que hace que no se note la existencia de las palabras que lo precedieron. Y se detona a sí mismo. Se detona a sí mismo y a todo lo que lo rodea, dando sólo unos segundos de reacción que al final nunca son suficientes. Entonces, el silencio desgarra, quema y detona. Es como una bomba maldita que agacha la cabeza y se lleva por delante todo lo que se le cruza; miradas, situaciones, momentos, ideas. Intenciones.

Es hielo y fuego. Congela lo que lo rodea, pero a la vez quema por dentro. El sol y noche; pone en luces todo lo aquello que está privando y arrastra a las sombras al lugar al que busco llegar. Es verdad y mentira, es cielo y es infierno, es canción y es poema. Tiene lo lacerante de lo verdadero y lo vil de la mentira. Es puro como el paraíso pero arrastra la desdicha del averno, suena en mi cabeza y rima en mi mente. Y es inevitable, igual que la muerte.

El silencio ahoga impulsos. Toma de los pelos a la impulsividad y le empuja violentamente la cabeza bajo el agua, contemplando su desesperación, manchandose las retinas con su intento desgarrador de liberarse, mientras que en su pasmosidad implacable, persiste con brutalidad hasta que la última burbuja emerge del agua, y el impulso deja de existir. El alma se paraliza y el cuerpo es un sólo músculo; no hay impulso, no hay respuesta, no hay punto de partida. Todo por el silencio. Todo por la ausencia del sonido exacto en el momento preciso. La combinación de palabras y expresiones, únicas, que en ese espacio de lugar y tiempo determinados derivarían en la única resolución posible para ese evento en particular.

Pero sólo hubo silencio.

Saturday, August 04, 2007

Fuga de certezas

Busco a la Mentira.
-Comprendo. ¿Podría indicarme su nombre?
-No creo que sea necesario. Y usted lo sabe.
-Es verdad. Pero lo sarcástico de todo esto lo vale.

El ambiente estaba pesado. La luz de la luna volaba entre pared y pared, y no había mucho del paisaje para ponerse a relojear. El silencio era fúnebre.

-Aquí no se encuentra la Mentira. Váyase por donde vino.
-Ni muerto -contestó seco-, no hay manera que eso sea verdad.
-Exacto. Justamente por eso le digo que aquí no se encuentra la Mentira. De hecho, no hay forma que eso sea posible.
-Mentira.
-Todo lo contrario -respondió, sonriente- Busque lo que desee, pasei si se atreve. No hay nada de lo que pueda encontrar aquí que sea mentira. Y menos aún a la Mentira.
-¿Verdad? -respondió, algo confundido
-No podría mentir aunque lo deseara, créame. Entre otras cosas, ¿cómo llegó usted a este lugar?

El aire se tornó más denso; la luz plateada de la luna seguía intermitente entre ellos y nada se distinguía entre sombras y luces. Nada que fuera verdad. O mentira, no era certero.

-Ella me trajo.
El hombre se sobresaltó disimuladamente.
-¿Ella? -musitó- ¿Se refiere a ella?
-No, ella no. Hablo de Ella.
El nerviosismo era palpable en la frente del hombre que cuestionaba. Una sola gota de sudor hubiera hablado por sí misma.
-Veo que por fin la ha encontrado -se rió, y fue cínico- Espero que el cese entonces su llanto desesperado. Que empiece a actuar como hombre, si es que puede.
Obvio era el tono de sarcasmo agresivo de la frase. El brillo de determinación en los ojos de ambos, aunque cargados de incertidumbre, una incertidumbre temerosa, en los ojos de quien preguntaba. El pulso y el correcto desenvolvimiento de quien respondía era implacable, así como las respuestas y su inocencia.

-Ahora soy más hombre que nunca, lo que significa que antes también lo era. Como hombre que soy, entonces, exigo a la Mentira.
-No me apure. Lejos está de conocer dónde diablos está parado. Y más, aún, de saber de qué está hablando. Noto una determinación, una seguridad en sus palabras que ya había sentido antes; conozco esa mirada. Sus ojos no mienten, para nada; pero tengo la precisa sensación de que todo lo que cree saber de la Mentira está totalmente equivocado.
-¿A que se refiere con eso?
-A que es mentira. -Sonríe.
Más allá del tono irónico de este último comentario, quien preguntaba continuaba temiendo.
Temía que lo pensaba no concordara con la realidad, y lo que creía desacertado en los ojos del muchacho fuera la pura verdad.

-Vayamos al grano. ¿Qué cree saber usted de la Mentira?
-No sé nada, sencillamente la conozco.
-Entonces, podría indentificarla si la tuviera enfrente. Podría saber quien es entre un millón de mentiras más. Podría arrancarla de un sinfín de verdades sólo olfateándola. Podría, entonces, diferenciar la Mentira de la Verdad, ya que usted dice conocerla.
El argumento del hombre, más alla de desconcertante, era acertado.
-Jamás le ví el rostro, si a eso se refiere. Pero la olí como perfume en mil cuellos, la sentí clavarseme en la piel cien veces, pude encontrarala en tantas miradas como voces en las que se me presentó. No sé si tiene un rostro, porque la vi en demasiados. Así que sí, conozco a la Mentira. Por eso sé que la busco, y más ahora que Ella me trajo a donde debo enfrentarla.
-Usted me parte el alma.
-Como si eso fuera posible.
El tono de la conversación ya era decididamente rígido. Así como la tensión hacía de piel en el aire, la luna caía de un solo lado de la habitación.

-Comprenda -susurró, en un tono gravísimo- la Mentira no está aquí. Este es el único lugar donde la Mentira no existe y donde no es posible encontrarla. Y lo que le digo es la prueba insoslayable de la veracidad de mis palabras; para mentir hay que conocer la verdad. Y los que aquí están, es porque en algún momento decidieron dejarla de lado.

El sudor frío recorrió el cuello del muchacho; todo eso tenía sentido. Podían ser un conjunto de palabras al azar que casualmente resultaban sonar convincentes, a o una verdad tallada en bronce. Dudó.

-Para poder mentir a alguien, imprescindible es que aquella persona desconozca la verdad. Y por la fuga de certezas que atacó sus ojos, me parece que estoy en lo correcto.
-Que dice la verdad -respondió el muchacho, ahora irónico.
Sonrisas.
-Exacto. Sino, ¿quién lo envió a usted aquí a buscar a la Mentira?
-Ella. -Respondió, pálido.
-Exacto. Dígame ahora, ¿Quién lo enviaría a buscar a alguien al único lugar donde nunca lo va a encontrar?

Thursday, July 12, 2007

Santo del silencio

"-Recibí otra carta. Me habéis estremecido; vuestra poesía, íntima, dulce cual aroma a rosal en primavera naciente, cual beso suave de amor eterno, ruborizó mi alma y cantó alegrías de amor en mí. No os sabría el método mejor para corresponderle, para dar respuesta digna a tal hermosa virtud que habita en vos. A su melodía de narcisos, que ha sabido inundar mi ser en vuestras palabras de miel... Su nombre, ¡Oh, su nombre, estrella de Venus que brilla más en mi corazón que aún en su reflejo del mar! Su nombre despierta en mi mente cada día, su nombre es beso mis labios... Por volver a escuchar mi nombre en sus labios una última vez, por sentir la caricia de su boca fervorosa en mis oídos, por el roce de sus labios conmigo, sólo por éso haría alas de mi ser, para llevaros conmigo al más lejano de los lugares, al más ardiente de los infiernos, ¡A donde Dios decidiera para nosotros, por que Él, únicamente Él, entiende mi amor por vos! ¡Él os da dado el milagroso regalo de su poesía de cielo, porque no hay beso más tierno ni pasión más ardiente que las que os habéis hecho habitar en vuestras palabras! Porque sólo un ángel que Él enviase podría causar las lágrimas de bendición que vuestras palabras florecen en mi. Pero por ahora, sólo por ahora, príncipe de sueño azul, esperaré dulce y desesperadamente vuestra respuesta, con el corazón partido hasta saber de vos. Vuestra eternamente, hasta que muera la eternidad."


Y, tras el frío velo de la soledad, Cyrano lloró en silencio.

Friday, June 29, 2007

Duelo

Tenía los ojos inyectados en sangre. Pasivo, miraba a un solo punto completamente fijo. Completamente perdido, con la vista muerta como tantas otras cosas. Su interlocutor, expectante, aportaba su ser al silencio.

-Se escapa. Siento cómo se me escurre de las manos, cómo se me va entre los dedos.. -brillaban sus ojos, inertes, estáticos- puedo sentir que se desliza con toda la furia posible por entre mis yemas, como mis huellas se quedan vacías. Lo siento, y no tengo manera de impedirlo. Cierro las manos, apreto los puños con toda la fuerza de mi alma hasta que los nudillos palidecen completamente; pero nada puede detener su camino. Se me va, se va. Como si sintiera que la sangre de mis venas saliera a borbotones por la herida y yo, por más torniquete que aplique, no pudiera evitar el desangre. Lo siento, y lo veo; se escurre desde mis manos hasta mis pies. Desde mi interior hasta el punto infinito más lejano de donde estoy. De donde me encuentre, sea donde sea; siempre va a seguir escapándose. Pero no, porque no se escapa, sigue su camino. Pero mi desesperación... -cierra los puños apretando el borde del sillón y entrecierra los ojos, de los que ahora brotan lágrimas brutales- ¡Se va, se me va, se deshace de mí y de lo que soy! ¡Se va entre mis manos y no hay nada que lo impida, corro detrás y no puedo llegar! -recupera la respiración-. Es inalcanzable ya. Se fue. Y no pude hacer nada. Nada. Se me iba de las manos y veía cómo se iba, y veía su despedida. La gracia con la que se desprendía de mí y la facilidad con la que se deshacía de todos mis intentos por evitarlo. Porque no pasara. Porque yo no quería que pasara, al contrario; quería que nunca se fuera. Que por fin encontrara un lugar acá -Su pasividad nuevamente se reestablece, pasmosa, y sus ojos se elevan en dirección al cielo. Entrelaza los dedos y apoya ambas manos sobre su regazo-. Lo único que quería era que permaneciera para siempre acá. Que no tuviera, y mejor aún, que no quisiera irse, desaparecer, dejar de estar, emigrar. Nunca quise sentir como las líneas de mis manos confirmaban su ida. Eterna. Porque ahora sí que se fue; y si bien seguro no es la primera vez, ahora tengo la alarmante seguridad de que es así. De que por fin sucedió. Ahora sí siento, por primera vez, el frío acero de la certeza inexpugnable en la garganta. Ahora, Dios mío, ahora veo que ya no está. Ahora abro los ojos y realmente dejo de ver que está ahí. Ahora sí, de una vez por todas, me doy cuenta que se me escapó para siempre.

El interlocutor permanecía en silencio, camuflado con la escena. Mezclado con la desesperación que inundaba el aire. Él seguía con la vista muerta en un solo punto, ahora en completa tranquilidad. Exterior, al menos; lo tenso de su cuello y lo desorbitado de sus ojos indicaban que la procesión iba por dentro. La voz del interlocutor, lacerante, gélida, cortó el aire abruptamente:

-¿Y si de una vez por todas dejás que se vaya?

Inmutable, sus ojos se relajaron. Él únicamente giró la cabeza en dirección al interlocutor y, ahora con la desesperanza de un hombre sin futuro en su rostro, con las pupilas empapadas en nada, brillando desde lo más profundo de su franqueza, clavó la vista en los ojos del interlocutor y escupió la verdad.

-Sinceramente, no tengo idea de cómo hacerlo.

Wednesday, June 27, 2007

Los sueños de los ciegos

No trinan los pájaros
ni huelen las rosas,
ni brilla la luna
en el País Vacío.
No hay canción con bemoles,
y no hay vida en los ríos.
No brillan las estrellas,
no se oye la lluvia
despertando contra los suelos.
Hay gris arcoiris,
de muertos verdes
y fríos índigos.
De rojos rosados,
amarillos pálidos
y un lila que, de tan débil,
se confunde con la luna.
No hay inocencia pura
ni dulce timidez
en el País Vacío.
Han muerto los hombres
que dicen sentir,
y sienten los muertos
que nunca han sido hombres.
La luz no ilumina,
más incendia pupilas
de todos aquellos que abren los ojos.
Y ciegos los hombres vacíos
vagan tanteando migajas y vueltos.
Ciegos caminan, siguiendo el camino
que creen correcto.
Siguiendo el camino de nuevo,
aquel que conocen y saben incierto.
Que ciegos andaron,
y aún sigue desierto.
Fallida esperanza,
soñando calor
fallecen los hombres ciegos de frío.
El sol brilla fuerte
y gélido en el País Vacío.

Sunday, June 10, 2007

Dominó

Me saludó y se bajó del taxi. El frío, un frío gélido y cargado de melancolía, invadió el coche cuando ella abrió la puerta. La ví alejarse del auto, mientras el motor tiritaba en silencio. La imagen se volvía a repetir, y ella de vuelta se alejaba. El mismo final para la misma escena, una y otra vez, como un déjà vu malicioso. "Esperamos que entre y arrancamos, jefe", le informé al manejante, mientras ella pasaba bajo las negras rejas que vigilaban su puerta. El taxista me clavó los ojos a través del retrovisor y su barba canosa balbuceó algo que, en ese momento, asumí como un sí.

El frío no había abandonado el taxi. No hacía menos de 4 grados afuera, pero adentro el frío era devastador. Las ventanillas cerradas al tope mostraban en las vetas del vidrio empañado que ella y yo nos alejábamos cada vez más. Como si hubiéramos estado cerca, quizás. Me rehusaba a sacar los ojos del momento anterior, aunque insignificante a simple vista. Debía estar muy hundido en la nada, porque sentí la voz del taxista despertándome del trance.

-¿Una amiga, pibe? -Inquirió el taxista. Pensé un segundo la respuesta; es muy fácil mentirle a un taxista. Sólo quieren hablar.
-Salíamos... -Respondí, instintivamente- Hace mucho, como dos años.

El taxista sonrió. Claro, dos años de mi eternidad tientan a la sonrisa complaciente de un hombre más anciano. Tardé un segndo en darme cuenta, y me avergoncé. Al taxista pareció interesarle.

-¿Ah, salían? ¿Y ahora que, son amigos?
Cuánto más complicado que eso. Decidí atarme a la versión oficial.
-Sí... algo así, es más complicado. La verdad que es jodido. -No servía acordarme de la luz de la pantalla del cine reflejada en su rostro. No ayudaba su sonrisa brillando al lado mío en la sala del cine, no me servían para nada sus ojos finos y eternos clavados en mí. El taxista interrumpió mi sucesión de imágenes mentales:

-Mirá vos... te decía porque escuchaba que dijiste que estás solo en tu casa, ¿no? para que picara, me imagino... pero parece que no, ¿no?
-No, no... je -La risa, esa risa nerviosa cuando es complicado explicar lo sencillo, salió sola- le contaba a ella, nomás. Sé lo que diría si se me ocurriera siquiera comentarle algo así.
-Te entiendo... ¿qué lástima, no? -El taxista me leyó el pensamiento- ¿Y anda con alguno ella? Ahora, digo...

Buena pregunta. Desconocía, sinceramente. Bendita sea la ignorancia.

-No tengo idea, la verdad. Pero me imagino que sí, siempre anda con alguno -El taxista sonrió, supioniendo malicia en mi comentario. Salí rápido al cruce, para cortar la contra- Es una mina linda, vio... nunca le falta algún flaco cuando está sola. -Corto y salgo jugando. Impecable.
-Por la jeta que tenés la minita no quiere saber nada ya, ¿no?
El tachero me heló la sangre. O bien mi expresión era mortuoria en extremo, o el tipo era un diferente. O peor, un psicólogo.

Me acomodé en el asiento y relojeé la calle que cortaba. Faltaba un rato para llegar a casa. Mentir, a esta altura, era lo más decoroso; quizás por eso ni se me ocurrió.

-Y, no... la verdad que hace rato que ella no quiere saber nada, ni de casualidad. Terminó todo muy fulero en su momento -Hablaba y, mientras tanto, volvía a pasar por millonésima vez la misma película por mi cabeza- Pero bueno, es lo que hay. Me la tengo que bancar, je. -La risa, al ataque de nuevo.

El taxista no contestó. Se detuvo en un semáforo en rojo y decoró el silencio, espontáneo e inesperado, con un poco de radio. El frío, la charla muerta y todo lo que tenía en la cabeza en ese momento me adormecieron un poco. Las ideas en mi cabeza parecía disiparse, empezaba a bajar a tierra. Cuando caía en pleno estado alfa, la voz de vuelta cortó el frío.

-Y bueno, nunca se sabe... las cosas van y vienen, hoy estás hecho mierda y mañana sos Dios. Quién sabe lo que le pasará por la cabeza a ella, ¿no?

Tengo que admitir que luego de ese silencio -que me había parecido definitivo- semejante reflexión me llamó la atención, más que nada por el grado de dedicación que un taxista cualquiera de Buenos Aires a las 3 y media de la mañana de un domingo le había imprimido a mi problema existencial. Como si en esos segundos él hubiera perseguido intensamente el comentario correcto; como si hubiera sido necesario el silencio para buscar la frase exacta. Como si, al fin y al cabo, esto tuviera más vuelta que darle. Intenté, quizás crudamente, ir al hueso y tirarla afuera.

-Créame que a ella esto no le va más -me sinceré, lacerante- al menos no como a mí.
Mil veces lo dije, y mil veces me partió el alma escucharme.

El taxista se acomodó la boina cuando faltaban casi tres cuadras para llegar a casa, y su barba canosa y tupida se movió de vuelta:
-Mirá que muchas veces ellas dicen cosas y ahi nomás hacen lo necesario para contradecirse, pibe. Te mueven las piezas hasta que te parece que estás al horno, y de pronto te dejaron ganar. Nunca, pibe, acordate que con ellas nunca ves lo que en realidad es. -En ese punto estaba completamente absorto por la filosofada del conductor. Hasta que la remató: -Y sino, atendele el celular que le está por sonar y preguntale como se lo pudo haber olvidado acá.

Un segundo de inexistencia reinó en el auto; sobre el asiento, un ringtone lacerante comenzó a sonar en ese exacto momento. Levante la cabeza, completamente desconcertado. El taxista me sonreía por el retrovisor, y su barba canosa brillaba más que nunca.

-¿Eh? -Me limité a exclamar, casi aterrado. El teléfono sonaba incesante. Mis ojos seguían clavados en el espejo, y la sonrisa tentada del taxista era casi palpable.
-Dale, pibe, que se corta, me despertó el hombre. Casi por inercia y aún en estado de shock, atendí la llamada con toda la naturalidad del mundo. La pasividad del tachero era inmutable, casi tanto como el ronroneo del motor que yacía detenido, esperando el fin de la llamada. Segundos antes, ella casualmente descubría que su celular se había caído posiblemente en el taxi, y lo queróa de vuelta.

Atónito, saludé y corté la llamada. Tenía su celular en mis manos. Vinieron a mi cabeza tantas preguntas como vellos blancos había en la barba del taxista; antes que pudiera exclamar palabra o salir corriendo, se volvió a acomodar la boina, más arriba esta vez, y repitió su concepto.

-¿No te digo, pibe, que las piezas las mueven siempre ellas?
No se porqué, pero sólo sonreí. El taxista subió la ventanilla, me miró una vez más y, mientras arrancaba el auto, volvió a leerme el pensamiento:

-Bueno... Volvemos a la casa de rejas negras entonces, ¿no?

Sunday, February 18, 2007

Espejos de colores

Los colectivos habían pasado de a docenas. Mis pies empezaban a entumecerse y me dolían los ojos. Hacía frío, más frío que la última vez. Faltaba el ligustro que enredaba la pared, y la sombra de las nubes ya no era de confiar. No sé por qué sentía tanto frío; había tenido días peores. Me estaba cansando de estar ahí, contra todo pronóstico. Sentí el golpear de un bastón contra el suelo; no me sorprendió. Los guantes empezaban a perder toda utilidad al tiempo que mis yemas perdían sensibilidad, por lo que no sabría decir bien que estaba pasando. Pero, insisto, nada me sorprendía. Quizás ya había perdido esa gracia. O quizás no.

Me cerré el saco al tiempo que se quitó los guantes. Se negaba a sacarse el sombrero, si mal no recuerdo.
Se paró frente a mí y sacó un sonrisa socarrona. Innecesaria, si se me permite. Cojeaba del pie derecho y por lo desgastado de su traje, que parecía haber tenido mejores épocas, podía asegurarme que no era la primera vez que aparecía por estos lados. Un tono colorado desprolijo en totalidad, salvo por el sombrero negro, lo pintaba de punta en blanco. No era más alto que yo y su figura se alejaba de lo esbelto. Sin embargo, sus ojos marrones fulminantes me hubieran congelado el alma.
Impaciente y con una increíble serenidad, decidí desgarrar el silencio. Supo anticiparse.

-Sea lo que sea que vaya a decir, está completamente equivocado.

Realmente me tomó por sorpresa. No imaginé cuan errado podía estar por preguntar la hora.

Volvió a arremeter.

-Éste es el último cruce. En este momento, usted es completamente incapaz de mentir y no podría formular una exageración aunque su vida dependiera de ello. Desde la reja roja de esa esquina, hasta ese buzón celeste -ubicado exactamente en medio de la esquina contraria- la verdad, la mentira y el pecado son un solo, y son completamente inalterables.
Se levantó el sombrero y una nariz algo extraña asomó bajo un flequillo completamente desprolijo.

Bien podría decir que estaba asustado. Pero es más acertado afirmar que entendía perfectamente lo que sucedía, y que no me agradaba demasiado. Mire hacia ambas esquinas, e intenté formular palabra. Nada.

-Siempre con la misma necesidad de comprobar las reglas, ¿no es verdad? Créame; si yo mismo ahora y aquí le estoy diciendo que en este lugar la realidad es inalterable, se imaginará que es imposible que no lo sea.

Me sinceré conmigo mismo y traté de terminar de comprender la situación. Respiré.

-Entiendo -y realmente debía estar haciéndolo, sino nada hubiera salido de mis labios-. Algo de todo esto tiene que ver con mi decisión, ¿verdad?
-Me regocija no repetir explicaciones -dijo, quizás satisfecho-. Ya sabe lo que le falta. Usted cumplió. Es hora que ponga el precio de lo que le corresponde.

En las esquinas reinaba el silencio. Desde mi lugar parecían exactamente iguales, de no ser por el buzón que brillaba incandescente en la oscuridad en una de ellas. El hombre hizo unos pasos atrás alejándose de mí, con su sombrero negro nuevamente dando sombra a su rostro. Un anillo de plata brillaba en su meñique izquierdo, o quizás derecho.
Miré hacia arriba y no encontré cielo alguno. Es decir: el cielo estaba ahí, pero no lograba verlo. Se escapaba a mi sentidos. Éramos sólo el hombre, las esquinas y yo. Y la pared en la que me apoyaba, claro. Tanta era mi conciencia sobre la importancia de mis próximas palabras, que realmente no hubo lugar para la duda. Apoyé ambos pies en el suelo y me separé de la pared, acercándome más o menos un metro al hombre. Nuevamente, sonrió.

-Si supiera cuántos pasaron su eternidad dando el paso adelante que usted acaba de dar, saldría corriendo -adivinó mis intenciones y me clavó la mirada de lince en los ojos-. Recuerde que la verdad es una sola. No intente mentir, porque acabaría pecando. Y si mal no recuerda, todo es lo mismo aquí. Pero la determinación de sus ojos me da la pauta de que en este momento, mentir sería una verdadero pecado.

-¿Me permite? -pronuncié, cortante, lascivo- Ya sé cuál es mi precio.
-Creo que siempre lo supo.
Su omniscencia realmente me irritaba.
-Hable nomás -sentenció-.

-Busco sus ojos. Busco la perfecta y completa noción del contenido de sus ojos fríos, porque sé que dentro de ellos en realidad el calor es incandescente; busco el ángulo exacto de sus hombros para entender por qué se alejan tanto. Quiero descifrar qué es lo que en sus ojos oscuros como la noche y puros como el oro me pierde sin darme noticia; quiero descifrar su expresión de la manera necesaria para aprender a interpretarla. Busco entender el color de sus estrellas y el tamaño de su ser entero. A ver si me entiende; busco el prisma necesario para descomponer sus colores de la manera correcta.

Las esquinas se iluminaron suave y tenuemente, y el buzón empezó a titilar hasta morir en la oscuridad, mientras que las rejas consumieron su color bajo el brillo de las sombras. El frío se había ido, y algunas nubes de gris espeso amenazaban con tronar. El hombre golpeó el maltratado piso de adoquín sobre el que estábamos. Una gota gris me llovió sobre una mejilla, y él se sacó el sombrero. Su frente llevaba adornos.
Sacó un ramo de flores de su capa.

-Tome. En el ramo hay doce flores, todas de colores distintos que usted no sabría distinguir. De esas doce flores, hay nueve que no poseen espinas. De esas nueve, hay cinco que durarían frescas un romance entero. Entre esas cinco, hay tres tuyo perfume enamoraría a las medusas, y de esas tres hay una, sólo una, que jamás se marchitará y que será azul cuando ella aparezca. Una flor inmortal. Sólo ésa le será útil. El éxito de esa flor significará la muerte de las demás.
-¿A qué se refiere? -pregunté, exaltado-
-Usted debe permanecer aquí, con el ramo entre sus manos. Un día, su espera terminará. La persona que nunca vendrá se hará presente; para reconocerla, tendrá ella una flor. Una flor que se marchitará ni bien sus ojos lo encuentren.

Mis rostro debió mostrar algún desasosiego, porque su voz sonó a reprimenda.

-Oiga. Es el precio que usted puso, y es el precio que nosotros pagamos. Usted tenía el universo para elegir; pobre de usted si eligió una estrella.
-Para nada. Sé lo que hice y, como desde el principio, no me arrepiento. Entienda mi falta de costumbre, nada más.

De pronto, un rumor de pasos y un perfume de verano cortaron el diálogo. Sólo una flor azul había en mi ramo. Desde el buzón azul, Ella llegaba lentamente.

Quedé confundido. Busqué al hombre con los ojos; conocía a esa mujer. Y creo que ella me conocía a mí. Algo no estaba bien.
Entonces, en mi desesperación, entendí: en ese lugar, lo verdadero era el pecado de la mentira.
-¡Usted...! ¡Devuélvame mi alma!

No atiné a terminar la frase. El hombre, cerrándose el saco, acomodándose el sombrero y enfilando para las rejas rojas, rió con soberbia una vez más y dándome la espalda, me dijo:

-¿Qué? ¿O me va a decir que pensó que a usted no lo esperaba nadie?

Saturday, February 17, 2007

Renuncia

Recuerdo la última vez que lo ví. Yo estaba recostado en una esquina, el cielo estaba nublado y la luna y un ejército de estellas llevaban al sol a abdicar. Había una mujer en la parada, o quizás era un hombre. Volví de la nada cuando el aleteo me sacó de la somnolencia. A mi lado, apoyado contra la misma pared, pretendía pasar desapercibido. Lejos estaba de lograrlo. El pelo despeinado, largo hasta la nuca y oscuro como la noche. Sus ropas estaban entre opacas y sucias, con un tono que no llegaba al negro. Era bastante menos. Una sombra de plumas apareció junto a mis pies luego que el me mirara, cuando me llamó la atención con un chiflido agudo. Lo miré. Tenía una mueca de desolación; pocas veces la expresiones dicen tanto. Sus ojos de castaño oscuro escondían algo que no pude entender, pero que me entristeció automáticamente. Tenía las manos sucias; algo de dice que aún no se las lavó.
Se sacudió el ropaje para sacar un poco del polvo que lo cubría. Parecía estar cansado, pero sus ojos mostraban determinación. Luego de unos minutos en los que la luna y su imperio azul cruzaron el cielo, me miró. No parecía muy seguro de lo que hablaba.

-Así que seguimos en la misma, ¿eh?
Su pregunta me tomó por sorpresa. Vacilé.
-Disculpe, pero no sé de que está hablando. -Ni siquiera yo lo creí.-
Se apoyó en el barandal que estaba enfrente mío y se abrió el saco.
-Claro. No tenés idea, ¿no? De pronto la memoria te engaña. La memoria, o quizás otra cosa.
-O quizás no -salí rápido al cruce-. Quizás usted habla más de lo que sabe.
-Eso lo sabés vos mejor que yo -respondió, ahora determinante- No soy yo el que vale pocas migajas. Porque si no me equivoco, ese es el precio que cerraste.
Tragué saliva, mirando al horizonte de asfalto, impaciente por la carroza pública. Intenté darle la espalda.
-Ni se te ocurra.
Su expresión, ahora, fría y cortante.
-Sabés perfectamente de lo que hablo... creo que por eso entendés mi presencia.

El aire se heló y la temperatura bajó bruscamente. De pronto, me sentía más solo que nunca.

-El silencio es enemigo de los inocentes -sentenció-. No creas que está todo perdido. Nada se cierra hasta el último segundo.
-Los inocentes descreen del silencio -repliqué- quizás por eso es no pronuncio palabra.
Caminó algunos pasos por el cordón de la vereda, con las manos sucias en la espalda.
-Y digamos que los culpables nunca usan el silencio, así que estamos en medio de un juego de palabras bastante insulso. No juegue conmigo, se lo pido amablemente. -Su tono, ahora formal y calmo, me taladraba el cerebro.
-¿Y si directamente me dice lo que está buscando y le muestro el camino de vuelta? -Lo enfrenté, algo molesto pero más nervioso.

Sus ojos se hicieron hielo.

-No me trate como ellos, que soy completamente distinto y usted lo sabe. Usted me traicionó. Usted desconfió de mí y luego me abandonó para siempre, porque sabe que no hay retorno del lugar al que fue. Usted me transformó en lo que soy.
-¿Me vas a decir que estabas cómodo con esa túnica blanca?
Me cortó la frase.
-Eso es cosa mía. Yo respondía a algo, y eso me fue arrebatado. Míreme ahora. ¿Qué soy? ¿Qué es esto? ¿Es blanco, es negro? Entiendo que tardó en reconocerme, pero sabía perfectamente quien soy. De qué se trata todo esto. Lo poco que usted quería, ese pequeño capricho porque el pagó semejante precio me dejó recogiendo monedas del suelo. Sea hombre y hágase cargo.
-Me temo que eso ya va a ser imposible -retruqué.
-¿No es capaz de hacerse cargo?
-No me refería justamente a eso.
Junto al frío, el viento empezó a llevarse las hojas, y la oscuridad brillaba alrededor.

Me encaró, con un melancólico tono en la voz. De pronto, parecía despedirse para siempre.
-¿Está seguro de lo que dice? Sabe perfectamene a qué me debo. Más allá de sus decisiones, mi deber son sus espaldas. Mi desgastada túnica no me degrada y mis pesadas alas desplumadas no me impiden volar. -Sus manos imploraban misericordia, y sus ojos esperaban algo que sabían que no iba a suceder.
-No es posible la marcha atrás, y bien lo sabe. Usted mismo me lo dijo, y el que está en el Negocio es usted. Yo debo atenerme a las consecuencias. -La nota irreversible de mi voz me sorprendió hasta a mí mismo.
-Bien. Hasta aquí será, entonces. Le agradezco este tiempo a su lado y ha sido un honor. Que los sueños que vengan sean mejores que los que le traje.
-Nunca van a ser tan coloridos. Adiós. -Me miró unos segundos más y se empezó a alejar, quizás caminando, dejando sus ropas, ni blancas ni negras, sobre la ahora gigante sombra de plumas. Se dió vuelta una última vez.
-Disculpe jefe, pero hace un buen tiempo que está en este mismo lugar, y no creo entender bien el por qué. ¿Qué hace todavía aquí?
-Espero a alguien que nunca vendrá.
-Me parece perfecto. Pero tómese su tiempo, hace rato que espera...
-No te preocupes. Cada vez falta menos.

Monday, February 12, 2007

Último recurso

-Buenas tardes.
-Buenas noches, diría.
-Cierto. ¿En qué puedo ayudarlo?
-Creo que bien lo sabe. No son muchas las cosas que se pueden hacer aquí.
-Cierto de nuevo... pero usted entenderá, cortesía pura.
-¿Cortesía...? ¿Justamente aquí se toman la molestia de ser corteses?
-Irónico, ¿no? pero bueno... son las reglas de la Gerencia.
-Está bien, no me incumbe... vengo por lo mismo.
-Entiendo... a ver, deme su nomb... Momento; yo a usted lo recuerdo. Sé quién es... Por lo que más quiera, ¡¿Qué hace usted todavía por aquí!?
-Ya me extrañaba que no me reconociera...
-¿Y se puede saber que pretende otra vez por aquí? Ya sabe que no es mucho más lo que se puede hacer por usted.
-Sí, lo se... Quizás es por eso que, de vuelta, me encuentra parado frente a usted en este mismo escritorio.
-O quizás no, ¿no cierto?
-Veo que su sagacidad permanece intacta... Pero no, no vine a lo mismo de siempre. Mis interminables pasos por este lugar me hicieron dar cuenta que dependo de mi mismo, por lo que voy muerto. Así que vengo a acercar yo a ustedes una última oferta antes de retirarme para siempre.
-Ya veo... ¿Y por qué razón, si se puede saber, podría alguien en este lugar estar mínimamente interesado en lo que usted, que no es de lo más valioso que hay por aquí, pueda ofrecer?
-Conserva su vanidad, como veo también. Verá; llega determinado momento en el cual son pocas las cosas que quedan en uno. Llega un punto en el cual todo queda tan atrás que pareciera que pasó por encima. Sabiéndome a mi mismo como única opción para evitarlos, y conociendo la lejana posibilidad de que tenga éxito, vengo directamente y de frente yo mismo hacia ustedes. Así como me conozco a mí mismo, los conozco a ustedes. Sé qué es lo que siempre quisieron y sé qué es lo que voy a tener a dejar atrás si quiero salir de una maldita vez de aquí.

Al hombre del escritorio le brillaron los ojos.

-Siga, por favor...
-Creo que no hay nada más para decir que usted ignore. Estamos grandes, sabemos de lo que hablamos. Estoy en el piso, le pido que tenga la decencia de no seguir pateándome.
-¿Usted diciendo que estamos grandes? Ja... creo que sabe perfectamene que el que está grande aquí no es nadie más que usted. El que se dejó comer por las agujas fue usted, mi estimado. Así que comparto su sentimiento, pero recomiendo aplazar el tono amenanzante para otros momentos, porque creo que nadie está en peores condiciones que usted para intentar amenazar.
-Sepa disculparme. Mi situación en actual no es de las más adecuadas. Me es difícil pensar que no tengo otra salida más que ésta, por lo cual me es bastante duro el aceptarlo. Debo confesarle que bien me aterra la posibilidad que ignoren lo que ofrezco.
-Le pido por favor que no me tome por inocente... sabe que si algo falta por aquí, es inocencia. Sabe perfectamente que lo que usted ofrece es bienvenido y reconocido como un triunfo para nosotros.
-Lo sé y por eso me evalúo a mí mismo una y otra vez antes de hacerlo... pero como le he dicho, alternativa ninguna me ha quedado luego de mis desempeños. Tristes, por cierto.
-Y todos a cuenta pura y exclusiva suya.
-No necesito que me lo recuerde.

Ambos inhalaron y exhalaron profundo.

-Muy bien... ¿está preparado?
-Creo que siempre lo estuve.
-Bien... tome. No se queme con la punta.
-¿Le parece que esta altura eso sería un problema?
-Cierto es... mi error. Sepa disculpar.
-Alcánceme los...
-... aquí los tiene. Aquí, aquí y aquí.
-Bien.. bien..
-Para ser sinceros, nunca creí que lo vería haciendo esto. No a usted.
-Y usted diciendo que es inocencia es lo que falta por aquí... ya está.
-Perfecto. Ahí, lo que es para nosotros... y aquí, lo que es para usted. Tómese su tiempo.
-Hombre, ust...
-Nada de hombre. Cuide su vocabulario que nada de esto es mi culpa.
-Si yo estoy haciendo esto es porque ustedes ya saben qué busco, así que no pienso tomarme la molestia.
-Veo que va a ser complicado para usted... pero tenemos todo lo que queremos. Y usted, con el tiempo, también lo tendrá.
-Lástima que éste sea el precio.
-Lástima que usted no haya sabido evitarlo.
-Bien... basta de preámbulos, que ya de por sí es difícil. Será hasta otro momento.
-Hasta otro momento... su compañía ha sido hasta agradable.
-Igualmente. Adiós.
-Adiós. Siga al muchacho de rojo, por favor. Muchas gracias.

Friday, February 09, 2007

Oasis


Who kicked a hole in the sky,

Las manos cerradas en los bolsillos arrugados eran sólo una las tantas lágrimas que sentía en el alma. Sollozaba de una manera casi trágica, con la amargura de quien sabe que volvió a perder. Se caía el cielo a pedazos sobre los restos de clavel que morían pasos atrás, cerca del cuerpo de una esperanza que, quizá, nunca estuvo ahí. Todavía llovía bajo los pies y bajo sus ojos que, cerrados, traían a pensar que no querían volver a ver; que quizá ya no hubiera nada para ver.

so the heavens would cry over me?

Que todo había empezado pero que, quizá, pudiera no terminar. O que, quizá, terminó. Los hombros encogidos encendían certezas de un tristeza reprimida bajo el buzo empapado de un hombre atónito. Del regreso de un recuerdo que seguía vivo en un pasado que, quizá, acababa de morir. O quería hacerlo. Más de una vez tragó saliva junto con odios hirientes para que palabras sueltas no la golpearan; supo recibir golpes en ambas mejillas para que las de ella estuvieran siempre vírgenes de castigo. No iba a ser él quien ahora forzara más lo que, quizá, antes no era forzado.

I hope the weather is calm as you sail up your heavenly stream

La última gota que cayó en su nariz, víctima de una distracción, lo volvió a traer al mundo e hizo que comprendiera que, quizá, no había terminado. Que no quería verla llorar, pero era posible que no fuera a hacerlo. Dudó un segundo. Uno solo. Quizá, el frío que sintió en ese segundo infinito en el que estuvo parado esperando que el el pánico pasara de largo fue suficiente para reanimarlo. Empezó a correr hacia los claveles con la desesperación propia de los que no creen en el margen de error; el colectivo no había llegado y la decisión que ella juró firme no parecía, al menos de lejos y con golpeadas esperanzas nuevas, tan certeras como antes. Se detuvo en la esquina contraria, sin cruzar la calle; el temor disfrazado de asfalto marcaba el límite entre el pasado reciente y el futuro incierto. Un límite que el agua parecía llevarse consigo cada vez más rápido... la miró una vez más, miró el rostro que las palmas de sus manos empapadas escondían y adivinó que no era la lluvia quien se llevó el seco de sus dedos. Si mirar atravesó una calle increíblemente solitaria de almas, ya que era imposible probar que quienes pasaban entre ellos tuvieran una. Ella lo vio, delante, presente; la esmeralda pasó a aguamarina bajo sus pestañas y sus brazos cayeron cuando quisieron empujarlo. Las nubes de grises viejos adornaron lo que las frías baldosas hechas agua vieron de cerca. Ella luchaba por no dejar recaer su cabeza vencida en su pecho. Él, ya sin pensar, sólo la abrazó como nunca.

Come on baby blue, shake up your tired eyes

Mil frases pasaron por su cabeza y delante de sus ojos sólo estaba el perfume de él, mezclado con la hojas frescas que arrastran en sí las gotas de lluvia. No sentía ya los brazos, cansados, pero no quería dejarse en manos que no fueran las suyas. Siempre pensó que el había mirado hacia atrás con odio, que había olvidado cómo empezó todo más allá que no estuviera a simple vista porqué, quizá, terminó. No quería siquiera que hubiese vuelto hacia esos claveles que yacían por ella y por él. Sus manos volvían hacia él, otra vez sentía latir. La emoción era un abrazo en ella. Él seguía inmóvil, ahora con una seguridad digna de quien sabe lo que hizo. Sólo la abrazaba, sólo dejaba que la ahora suave y fina llovizna la celara; sólo le mostraba lo cerca que estaban.

Keep on claping; just remember I'll be by your side,

El pánico volvió esta vez a ella. Levantó la vista y entendió que, quizá, no era tan fácil. Él la miró a los labios, llenó sus manos de su rostro... secó sus ojos. Ella de vuelta lo miró, amenazando con lágrimas sus expectativas. No era claro por qué razón ella estaba terminando lo que no había quedado atrás; él se encargaba seguido de no dejar que la duda sembrara discordia entre los dos. Ella sabía que no podía dejarlo atrás como a un recuerdo difuso. Ninguno de los dos podía explicar todavía porque los pétalos del clavel estaban teñidos de adoquín. Él abrió los brazos para dejarla pensar por ella y ella volvió a pensar que algo no estaba bien. Que difícilmente las cosas llegaran a ella en forma de abrazo, que alguien desafíe la posibilidad de caer por tomarla de la mano. Que él pudiera volver sobre sus llovidas huellas sólo por que su nombre amaneció en su cabeza.

but if you don't let go it's gonna pass you by.

Él temió. Por un segundo, tan helado como el anterior, oyó a la incertidumbre susurrar en su oído. La miró como quien sabe que el Diablo aún no se fue. Amagó una palabra que nunca pasó de intención y abrió sus manos, que ya no la rodeaban con tanta seguridad. Vio como vacilaba y finalmente entendió que no podía hacer nada. Estaba inmóvil. Y frente a él se libraba una guerra cruda, fría como la tormenta que azotaba esa esquina. Ella quería soltarlo, pero palpaba el buzo que él llevaba, empapado, y se vio a si misma con la cara libre de lluvia alguna. Lo miró una vez más para presentir su llanto. Él estaba otra vez en el borde, y esta vez sí iba a quebrarse. Y ella no quería, no volvería a verlo llorar, no por ella, que no valía lo suficiente, que no tenía nada para ofrecerle... que se convencía que no podía ver el sol en sus ojos, tal como él decía. Que no se encontraba con estrellas en sus mejillas. Él sentía su alma cayendo cada vez más en silencio, en una soledad sepulcral.

Who stole a sun from the sun in a world come undone?

“No”, pensó ella. No de vuelta, no otra vez por ella. Él seguía sin respuesta, con la seguridad de quien conocía los riesgos y se les enfrentó igual. Sus rodillas temblaban y su mandíbula llevaba adelante esfuerzos imposibles para ahogar un llanto más. No otro, no delante de ella. El cabello empapado y las gotas cayendo hasta sus narices, escondiendo las lágrimas. Disimulando la realidad. Ella seguía debatiendo a velocidad luz; no podía quedar así. Pasó y repasó ideas, conceptos y sentimientos en su mente, ordenó y desordenó todas las imágenes que entraban por sus retinas; analizó con el corazón y sintió con la cabeza. Hasta que tuvo que pasar para que entendiera. Hasta que entiendo la situación y volvió a reconocerse a sí misma y a quien enfrentaba. Hasta que lo escuchó sollozar bajito, muy bajito dentro de la capucha, con los ojos cerrados y la cabeza gacha. Hasta que entendió todo lo que pasó dentro de él en esos momentos y hasta que lo vió con los ojos limpios de lluvia. Hasta que, sin pensar un segundo, lo abrazó como nunca y dejó que por fin su mirada atónita llenara de sol sus ojos.

Let there be love .

Tuesday, January 23, 2007

Pánico escénico

-Bellísima.


Se dice que es difícil estar en el lugar indicado en el momento indicado. Aunque más difícil es -creo yo- estar en el lugar y momento indicados y además tener la ocurrencia de darse cuenta. Lejos, bastante lejos de esa idea estaba mi cabeza cuando la suya dormía entre mis hombros. No sé si podría explicarlo dos veces de la misma manera; sólo se me vienen flashes a la cabeza a los cuales es complicado encontrarle una coherencia.

Quizás habían pasado días en forma de lustros, o quizás no. Posiblemente, la relatividad del tiempo me haga perderme en lo efímero, incierto y dulce del recuerdo, o sencillamente no me acuerdo bien cómo fue todo. Lo cierto es que entre sus primeras apariciones en los delirios tempranos que guardo para mí mismo, vacíos completamente de peso real alguno, y su brillo intenso en lo negro de mi pupila con la que hoy vuelvo a verla, mucho de mi propio fantasma me viene persiguiendo. Pero ya sean apariciones o fantasmas, pupilas o miradas, brillos o desengaños, lo único que puedo afirmar como certero es el oro que me entra por los ojos y me eriza la piel. Lo inapelable de lo sensorial, que vuelve a sentarme precedente y me hace pesar la historia.

Yo no la conocía. Conocía a mucha gente, ella conocía a mucha otra. Estando aburrido, algún Gris nos cruzó los cables; los míos y los suyos eran los mismos. Aún así, nunca los ojos me habían hilado fino hasta ese entonces. De alguna manera, que tampoco podría afirmar, generé o generó un primer vínculo liviano y frágil; como siempre, se empieza desde la semilla. En el medio de esa nada, los ojos miraron. Recalé, por qué no, en su aspecto: a primera vista, la adolescencia le brotaba de los poros, y eso le sentaba perfectamente. Al profundizar un poco más mi -en ese entonces- aburrido análisis, empecé a caer en que seguramente la mirada clínica no alcanzaba para entender lo que veía. Esa primera sensación de pureza rubia me entró de lleno en la mandíbula a la velocidad de un cross de derecha. Desde adentro, despacio, con las alas puestas, dejé de observar para admirar un poco más lo que tenía en frente. Era, sin dudas, de las mejores costillas de Adán. Esa primera noche, puedo decir, sentí el primer delirio de anhelo de esos que solían agarrarmente de imprevisto y frente a unos ojos claros. Esa primera noche, aseguro que no me la vi venir.

No quiso irse de mi presente mental durante unos cuantos días. Pasados los mismos, todo era lo que había sido, y nada más: caramelo para la vista.

No contaba yo con la segunda vuelta; no muchas semanas después -me animo a mentir que dos- por segunda vez volvía a verla, como siempre, bajo circunstancias casi idénticas pero que, dada esa noche, abrió alas que antes no tenía. La luz del televisor nos llevó a los sillones y cada uno buscó su lugar. Siendo inconsciente, diría que me avisó por lo bajo, como con una especie de slang de seducción el cual, creo que más que obviamente, nunca logré entender. Con ojos ciegos de señales también me acerque a los almohadones buscando espacio. Al lado mío, ella, lo suficientemente cerca para mi sospecha. En ese lugar, yo mismo, lo suficiemente lejos de darme cuenta.
Mientras la película llenaba de sangre la pantalla, de alguna forma mis manos llegaron entre sus dedos y se encontraba enredada en mí. Con la nuca sobre el pecho y la cabeza en un hombro, con la paz en los ojos y la inocencia entre mis manos, encontre el lugar perfecto para un momento perfecto. Pero bueno... se sabe que nadie es perfecto.
No terminaba de entender mi papel en esa escena; digamos que suelo ser actor de reparto en cuanto a éxitos se refiere. De pronto, y esto juro que fue en una luz, toda su adolescencia estalló al máximo. Todo estaba oscuro, la luz del televisor nos miraba y distraía a todo aquel que no perteneciera al cuadro. Me encontré atrapando a una verdadera lolita de ojos miel, tan grandes como expresivos y brillantes. Una tentación con forma de labios, de labios delicados y firmes, húmedos por azar. Rasgos perfectos, terciopelo suave en la piel y rosado en las mejillas. Las pestañas, incluso, bañando toda la miel de sus pupilas; un tabique respingado y en sincronía perfecta con la faz de su rostro, impeclabe por donde pegase la luz. Inocencia, pura inocencia naciendo de cada centímetro de sus manos, que apretaban las mías cuando la paz se iba de la película. Pasé de estar de pisar la tierra descalzo a flotar en el Nirvana, en lo que dura una mentira.


Fantasmas volvieron y el cuerpo, la mente y el maldito pánico escénico maniataron al corazón. Como un infarto romántico, ninguna fibra de mi ser efectuó ningun movimiento necesario o acción lógica para llevar a cabo el final evidente de una película tan trillada como una así sería. Conocía ese fantasma, y sabía que había vuelto por mí. O peor: no por mí, sino por lo que sería mío.
Divertido, irónico y quizás malintencionado sería decir que me dormí en los laureles, aunque cierto también sea. Todo junto, dentro de unos ojos que ya ni siquiera parpadean; la implacable impotencia, la lujuria ardiente, la desesperación, el final previsible, la frustración, el intento de renacer... el telón final. La pesadilla que iba a ser sueño cuando te despertaste.


Acaba de sucumbir ante mí mismo, el enemigo peor. Sabotaje de primera línea para las aspiraciones de vuelo de quien nunca despega. Veía a Lolita, sentia ardir su cuerpo sobre el mío y me hundía en el hielo de mi Enemigo. Sentía a Lolita, una Lolita tan perfecta como si fuera rusa, con oro cobrizo en el cabello y rasgos no solo de ángel, sino que de adolescente. Lolita, en su blanco cuerpo de perfectas formas y pulidas faces... de expresión enternecedora hasta para las bestias y una voz dulce, suave, completamente libidinosa.

Lolita, ahora, fría y distante como si hubiera muerto. Lolita recordándome que siempre se perdona más al que se pasa que al que no arriesga. Lolita, haciéndome perder otra guerra sangrienta conmigo mismo y mostrandome desde su rusa perfección, como quien muestra el pan a quien moría de hambre y no supo comer. Demostrando que el tren es sólo de ida.


Quizás Lolita es, para mí, la soledad.

Thursday, November 09, 2006

As de espadas

Las luces del cartel de neón gigante proyectaban sus sombras sobre la vereda. Se sentía el frío de la madrugada en las mejillas, desacordando con el calor del chocolate caliente, aún latiendo en sus manos. Seguía en silencio la vereda de la rambla, incluso cuando ellos pisaron con la voz la tranquilidad que otorga la noche.

Sentados en el cordón de rocas que marcaba el abismo de la playa, situaron la ciudad frente a sus ojos sin darle importancia a la charla. Ella hablaba, quizás, de la feria del centro y sus regalos baratos. O quizás no, difícil saberlo. Difícil incluso para él, que refugiando los brazos en el abrigo, perdía la noción del tiempo. Perdia la sensación de espacio y pensaba en sus ojos miel. Y ella, inocente, gesticulaba y expresaba vaya Dios a saber qué clase de nociones, algoritmos o pensamientos alejados. Podían ser algoritmos, podían ser perros. Para él, era sólo ella.
Se dio vuelta en un momento de silencio, en el cual el aire frío de mar lo despertó de un cachetazo. Frente a él, ahora, la costa infinita y el espejo de las estrellas. Las manos entre las rodillas, buscando calor, pero demostrando algo de vulnerabilidad. Anonadada ahora ella con el mismo espectáculo, algo perdida en el perfume de sal que traía el viento. Y de pronto era ella la que pasó a ser el espectáculo.

Delicada, con un tono perlado en las mejillas y la luna en los ojos... se perdía el contorno del rostro con el cielo azul profundo, índigo, a sus espaldas. Todos sus rasgos, toda ella en su totalidad, todo su ser se expandía y se volvía parte del paisaje... se hacía sal y mar. Se volvía cielo y estrella. Brillaba, y se distinguía entre las luces.
Él sonrió mirando hacia abajo. Se le acercó un poco, tras las luces del cartel de neón. La miró a los ojos. Ella también lo miró, y habló del mar. Entonces lo volvió a mirar, y ahí lo entendió. Retrocedió unos centímetros, lo alejó de sus intenciones. Lo reprobó con la mirada, y él seguía en sus ojos. Ella lo rechazó, ya conocían el cuento.

-Basta. Ya sabés que no... dale. Volvió a correrse unos centímetros.
Se puso de pie. Ella quiso abrazarlo, buscó aminorar el golpe. Él seguía mirando el mar.
-A ver, vení. Se colocó detrás de ella, y quedaron cara al cordón de rocas, al lado del abismo que los separaba de la playa. De cara al cielo.
Él copó la parada.

-Hagamos esto. Cerrá los ojos. Lógicamente, ella lo advirtió con la mirada. ¿Podés cerrar los ojos, por favor?, insistió.

Hecho. Los párpados saludaron y la cegaron del todo. Él la tomó por los hombros y apoyó la cabeza en su hombro derecho. Delicadamente, susurró en su oído.

-No digas nada. No pienses. No abras los ojos... solo sentí. Sentí el viento, el aire salado respirándote en la piel.. sentí las luces a través de los párpados, ardiendo en tus ojos... sentí a las estrellas brillar sobre tu cabeza, reflejándose sobre el mar. Sentí a la luna, y el calor que refleja del sol, escondido en mis manos... Imaginate de vuelta las luces de la costa, infinitas, como un cordón incadescente que nunca termina... -la abrazó por la espalda, desde la cintura- sentí de vuelta las hojas de los árboles bajo tus pies, como en la feria... sentí el sonido de la arena moviéndose hacia el mar... -la hizo girar, dejándola frente a sus ojos, estremecida- Sentime abrazándote en este momento, mirame a los ojos. Y si ahora me decís que no me querés besar, te juro que es la última vez que lo hago.

De vuelta, sólo sonaba el mar. Partículas subatómicas de cielo separaban sus labios. Ella no podía abrir los ojos, él no necesitaba hacerlo. Se abrazan fuerte, no se dejaban ir. El sabía porqué, pero ella no estaba segura.

-Ya... ya sé como es esto... ya me sentí así antes... ya sabés como termino, fue horrible.. es morir en vida. -tragó saliva- no quiero eso otra vez para mí.
Abrió los ojos. Por más que la quisiera, la entendió. Levantó la vista y se iluminó con el paisaje. La miró a los ojos, otra vez, y sabía qué decir.

-Decime la verdad... ¿Realmente te molestaría morir acá esta noche?

Friday, September 29, 2006

Un Ángel Rosa

. La avenida y sus luces entraban por la ventanilla transparente. Tras en borde del vidrio levantado, un haz de luz recaía sobre sus mejillas perfectamente rosadas; su presencia, toda, creaba espejismos de perfección en el aire. Estaba bella, hermosa, brillante... las flores parecían extremarse desde sus yemas suaves y pálidas, mientras que el flequillo marcaba casi con vanidad el encuadre de sus ojos. Ojos castaños que, distraídos en flores comunes, mostraban una ternura infinita capáz de derretir un alma. Caían los mechones de cabello en silenciosa cascada sobre unos hombros de terciopelo que se sabían únicos. Ella, toda ella en su entereza y totalidad, emanaba un perfume inigualable que preferí adjudicar su sola presencia. La dulzura de su voz se confundía con una música dulce, perpetua; oídos sabios supieron callar palabras de más, que hubiesen opacado la nota de su voz.
. Un solo segundo de silencio me bastó para tomar consciencia de mi paisaje; ella, perfecta al menos por ese segundo, sacaba a relucir todo su ser bajo nada más que la luz de la calle. La delicadeza de esas manos entrelazadas que rodeaban el ramo transmitían la tranquilidad de mil despertares; nada de la sencillez del contorno brillante de sus labios, semi húmedos entre sus dientes, tendría un tinte más sensual. Sus ojos... de vuelta sus ojos, y otra vez esa ternura interminable, superior a cualquier sonrisa de bebé. Sus piernas bajo un jean ceñido que escondían la boca de las zapatillas negras, de lona, sencillas como la explicación de mi estupor ante semejante preciosura. No paraba de sonreír, y yo no paraba de sentirme bendito. El sonido de risa tímida e intermitente bailaba en el pabellón de mi oreja y sedaba mis oídos, dulce anestesia efímera.
. Un beso suave en la mejilla, y su ceño que se frunce junto a su nariz en una nueva sonrisa, más divertida ahora. Me mira a los ojos y abre la puerta del taxi. Mañana, otra vez, ella y sus brazos va a viajar hasta él, dejándome con el perfume brotando de mis ojos y el recuerdo de la luz contra sus ojos.


. Se baja y me saluda. Mi duda no vacila morir.
. -¿Mañana vas para allá, no?
. -Sí, mañana me toca. Nos vemos.
. Saludo con mi sonrisa de payaso triste y cierro la puerta. Cuando me aseguro que no sabe de mis ojos, mi cuerpo cae contra el asiento y mis manos envuelven mi cara, para liberar al malester de su encierro. Resoplo despacio, miro una vez más las rejas negras, y, con el alma cansada, indicno mi destino al chofer.

. -Olazábal y Bucarelli, jefe.

Wednesday, September 06, 2006

Vírgen de emociones

Vive lejos de entre los vivos.
Su lugar está, lejos, alejado.
Lo besan desde kilométricas distancias,
no conoce el suave calor de la lujuria.
Dice haberlo sentido;
jura no reconocerlo de cerca.
Personas un sexo y otro
en pura comunion de manos,
resultan especies ajenas para él.
Sabe que tienen algo que ver;
pero le resulta complicado
verse en ellos.
Claro, qué pueden saber ellos de soledad.
Si su cuerpo está frío por la noche,
y en la mañana el único calor es el propio.
Si las cenas para uno,
sin luces de vela,
son costumbre.
Son parte de una rutina quizás
irrevocable.
Él siempre fue uno,
uno consigo y con nadie más.
Nunca se vio en otros ojos,
nunca lo vieron con con otros ojos.
Ha pasado tardes,
noches -qué importa
si el sabor es amargo en equilibrio-
repasando caídas y pensando milagros
Desayunando esperanzas,
y cenando rechazos.
Desprecios.
Patéticos intentos
de ser nada más que feliz.
Pero el amor le es esquivo,
se porta frio con él.
Le canta al oído mientras duerme
y lo niega cuando se ven.
Tiene sexo con palabras,
satisface sus necesidades.
Nadie más que él.
Lás imágenes más nítidas
así como las únicas
son todas las que conoce.
Si es que son como se las imagina.
Mutó en un asexuado,
perdió interés en lo que hace al ser.
Casi no tiene deseo carnal...
difícil desear lo que se ignora.
Tan necesario no puede ser,
si la sangre no le corre a donde sean las venas.
Si el sexo es juego de dos
y el es uno consigo,
y con nadie más.
Si sólo se sabe querido y
sólo puede querer a través de una pantalla.
Sólo "te quiero" a través de una pantalla;
el deseo, la lujuria, el amor y el desenfreno,
todos,
para él,
no son reales.
Quizás el amor ya no es lo que era.